domingo, 23 de febrero de 2014

CRISIS EN VENEZUELA

EL PROBLEMA ES CHÁVEZ, NO MADURO


Rechazar a Maduro pertenece al dominio de lo obvio. Además, la crisis venezolana ya es un huayco y se lo llevará de encuentro porque no tiene ni idea de cómo afrontarla, salvo con más represión y acallando a la prensa, sin entender que hoy eso no basta. Los jóvenes con celulares se lo traerán abajo. Ojalá, por Venezuela, que se quite pronto de en medio, lo que no es fácil en autocracias y regímenes personalizados, en que no hay segundos. Él, además, es un tercero, así que los que sigan deben ser quintos.
Y ojalá no se cocine una estúpida guerra civil, que es lo que Maduro alienta con su discurso de coboyada que divide al mundo en dos. Y con su ya no demagogia, sino barata verborrea de calificar a sus opositores de fascistas y hasta de nazis. Parece sorprendente que todavía alguien le crea. Rubén Blades, entre muchos, ha advertido sobre sus mentiras diarias y su retórica primaria.
Él es sencillamente impresentable. Y de categoría George Bush Junior con eso de los pajaritos y de la multiplicación de los peces y los... penes.
Su torpeza es solamente comparable a su empeño en demostrarla. Da vergüenza ajena.
Que el país de Bolívar, de Vizcardo y Guzmán, del arquitecto Carlos Raúl Villanueva, de los pintores Soto y Cruz Diez, y del ensayista Uslar Pietri (y no solamente del ‘Puma’ y las telenovelas, que quizás podrían merecerlo) se tenga como jefes de Estado a este candelejón de campeonato, que ni siquiera es capaz de conseguir que los hijos de Chávez se muden fuera del palacio presidencial.
Autocracias. Jeques petroleros. Poderes desmedidos. Lealtades caninas.
Pero el tema de fondo es, entonces, obviamente, Chávez y el chavismo. A lo cual Maduro le debe su existencia, y de lo cual es un guachimán empoderado, y lo fue por Chávez mismo antes de morir. Esa muerte que fue organizada en la Cuba de los Castro, quienes le pusieron el libreto a Chávez a cambio de piedad económica y de muchos regalos que pagan los venezolanos. Fidel lo escribió, sin ambages, en ese diario jurásico Granma: “Sin petróleo la revolución puede fracasar, Maduro es nuestro hombre en Venezuela”. Lo de “puede fracasar” es una ironía involuntaria. Sarcasmo senil.
Chávez, como hacen los autócratas, escogió para sucederlo al más incondicional, a ese quien le debía todo. Para que lo santifique, para que lo idolatre, para que le haga monumentos y lo busque en cada pajarito y vea su retrato en cada mancha en las paredes.
Dictadores que se sienten el centro del mundo, porque deciden todo.
El caudillo parlanchín, el que tenía un programa televisivo y radial de seis horas cada semana, del doble de esos traumatizantes sermones pascuales de tres horas de antes, que eran una vez al año y no a cada rato. El que se vino al Perú una vez con un cuadro de un retrato malo de Bolívar y exigió que se lo cuelguen en su habitación de hotel.
Fetiches, cuentos.
Ya no es el mejor momento del rey Juan Carlos, entre elefantes y yernos, pero qué certero estuvo preguntándole a Chávez: “¿Por qué no te callas?”.
No se callaba. Verborreico, meloso, telenovelesco, protagónico, autista.
Podía comprarlo todo. Era un motor a petróleo barato. Que dilapidó una inmensa riqueza y en vez de que el petróleo sea un recurso para desarrollar a Venezuela, como tendría que haber sido, la convirtió en su caja chica (más bien grande) para subvencionar lo que le diera la gana y pasear por el mundo entero.
Hoy Venezuela tiene la inflación más grande, sigue importando todo y no hay ni papel higiénico. Chávez consiguió –y Maduro lo continúa– que un país rico se convierta en pobre. En una beneficencia.
Traicionando, por tanto, su responsabilidad mayor, canjeándola por protagonismo y por retórica. Peor aún, llamando a eso historia, izquierda, socialismo, patriotismo. Eludiendo entender que el mundo ya es otro que el de esas dicotomías panfletarias que sigue leyendo tristemente parte de nuestra izquierda.
Rechazar a Chávez es más importante e incluyente que rechazar a Maduro, quien ya pasó rápidamente de verde a podrido y a quien le quedan semanas. El problema es Chávez, no Maduro.
El problema es que todavía haya quien crea –y peor aún en gente que se llama a sí misma progresista– que sea aceptable un liderazgo así. Que entiende al “pueblo” como una masa, sin discernimiento ni libertad, al que hay que darle pan y circo. Información no. Y que se arroga derechos de gobernar, concentrando todos los poderes en uno. Por eso Chávez y Fujimori fueron aliados, así pensasen distinto.
Y por eso Chávez escondió durante meses a Montesinos, al caer Fujimori. El entonces presidente Paniagua y su premier, Pérez de Cuéllar, tuvieron que reclamarlo y denunciarlo.
Y Chávez lo regaló, para evitarse problemas, días antes de un encuentro de presidentes, posterior a ese en que bailaba en trencito.
Ni Chávez ni Maduro, que es su parodia y su caricatura.
Democracia. Libertades. Inteligencia. Información. Progreso. Proyectos. Desarrollo. Futuro.
Liderazgos en vez de caudillos pseudomesiánicos.
Venezuela, esto no.

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